Deja de ser amable: ¡sé auténtico!

Aprender a escucharme (de verdad)

Este libro de Thomas D’Ansembourg está muy ligado a la Comunicación No Violenta (CNV). Y antes de entrar en materia, me apetece compartir cómo la entiendo yo.

La Comunicación No Violenta es un modelo desarrollado por Marshall Rosenberg, psicólogo estadounidense, entre los años 70 y 90. Pero no es solo una forma de comunicarnos mejor. Para mí es casi una forma de estar en el mundo: una manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás desde un lugar más consciente, más honesto y, sobre todo, con menos conflicto.

El libro empieza fuerte: vivimos demasiado en la cabeza.

Nos han educado para pensar, razonar, analizar, tomar decisiones “con lógica”. Pero casi nadie nos ha enseñado a escucharnos por dentro. A poner nombre a lo que sentimos o a lo que necesitamos. Y creo que por eso, a muchos adultos, hablar de emociones todavía nos resulta incómodo o confuso.

Cuando estamos tan instalados en lo mental, juzgamos rápido y muchas veces sin saber: a los demás, a las situaciones y, sobre todo, a nosotros mismos. Y esa desconexión nos lleva a no hacernos responsables de nuestras emociones: “Me hace enfadar”, “Me pone triste”… como si vinieran siempre de fuera. El autor nos recuerda que los sentimientos son señales valiosas: los agradables nos dicen que una necesidad está cubierta; los incómodos, que hay algo pendiente.

Tendemos a verlo todo en términos de blanco o negro, bueno o malo, correcto o incorrecto… cuando la realidad está llena de matices.

Hay una frase de Saint-Exupéry que se cita en el libro y me gusta mucho:
“Solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.”
Y siento que, de alguna manera, ahí está la esencia de la Comunicación No Violenta.

Escuchar los sentimientos (aunque incomoden)

Otra idea que me ha hecho pensar mucho es cómo nos han enseñado a relacionarnos con los sentimientos.
Si estabas triste: “no estés triste”.
Si te enfadabas: “no te enfades”.
Y poco a poco vamos aprendiendo que sentir ciertas cosas no está bien.

Pero los sentimientos no son un capricho. Están ahí para algo. Son señales.

Los sentimientos agradables nos indican que hay necesidades cubiertas.
Los que no lo son, nos hablan de necesidades que no están siendo atendidas.

Por eso, poner nombre a lo que sentimos es tan importante. Cuanto más afinamos ese lenguaje, más fácil es entender qué necesitamos realmente.

Las necesidades: eso que solemos ignorar

En CNV, las necesidades no son exigencias ni caprichos. Son necesidades humanas básicas, universales, compartidas por todos (seguridad, respeto, conexión, autonomía, descanso…). Y, sin embargo, estamos bastante desconectados de ellas.

Esa desconexión se nota en el día a día: nos cuesta decidir por nosotros mismos, buscamos aprobación constante, escuchamos más lo que esperan los demás que lo que sentimos nosotros. Y cuando nuestras necesidades no se cubren, solemos echar la culpa fuera (“tú no me haces enfadar”). O renunciamos a ellas… o intentamos imponerlas.

Algo que me ha sorprendido del libro, y que he podido comprobar en mí misma, es que, a veces, solo con reconocer una necesidad, aunque no sepamos aún cómo cubrirla, ya sentimos alivio.

Necesidad no es lo mismo que estrategia

Aquí hay una distinción que me parece clave y que personalmente me ayuda mucho, aunque esta parte no se desarrolla en tanto detalle como lo hace Rosenberg.

Cuando digo “necesito ir a la playa”, en realidad no estoy hablando de una necesidad, sino de una estrategia. La necesidad puede ser descanso, calma, diversión o desconexión. Y la playa es solo una de las muchas formas posibles de cubrirla.

Un truco para distinguir necesidades y estrategias es el siguiente: si se incluyen personas, lugares, acciones concretas, momentos concretos u objetos lo más probable es que se trate de una estrategia. En el ejemplo de ‘ir a la playa’ se incluye un lugar, por lo que eso nos da una pista que seguramente sea una estrategia para cubrir una necesidad.

Una de esas estrategias puede ser hacer una petición a otra persona.

Y lo mejor de todo es que hay muchas estrategias que podemos seguir para cubrir una necesidad.

Pedir sin exigir

El libro dedica espacio a cómo hacer peticiones claras, concretas y observacionales (sin juicios ni interpretaciones). La clave: una petición verdadera deja espacio para un “no”. Si no estamos dispuestos a oírlo, en realidad estamos exigiendo. Y un “no” no es rechazo personal: es el otro expresando sus límites y necesidades. Ahí empieza la verdadera negociación y el respeto mutuo.

Pero el libro también recuerda algo fundamental: esa demanda no es la única vía para cubrir nuestra necesidad. Es una opción más, no la única solución.

Más allá de la amabilidad falsa: la violencia que empieza dentro

Uno de los mensajes más potentes del libro es que la violencia (la que nos hacemos a nosotros y la que transferimos a los demás) empieza en esa desconexión interior. La “amabilidad” que reprime, que complace por miedo o que evita el conflicto a toda costa, genera resentimiento, agotamiento y, paradójicamente, más conflicto a largo plazo. Ser auténtico no es ser egoísta ni agresivo: es ser honesto con lo que sentimos y necesitamos, mientras respetamos al otro. Es decir “no” cuando hace falta, expresar enfado sin atacar, celebrar la vida sin máscaras.

Los ejemplos que más me han impactado: cuando la sociedad no escucha

Una de las cosas que más me ha gustado del libro es su abundancia de ejemplos reales y concretos. Thomas d’Ansembourg no se queda en lo abstracto: trae historias de adolescentes con comportamientos problemáticos, jóvenes en procesos de delincuencia, personas que han pasado por prisión o expresidiarios que luchan por reconstruir su vida.

Estos relatos me han hecho pensar mucho: detrás de esas «dificultades» o «conflictos» hay personas con necesidades profundas que no han sido atendidas –ni por su entorno familiar, ni por la sociedad, ni mucho menos por el sistema judicial–. Necesidades como ser visto y oído de verdad, sentir seguridad, respeto, pertenencia o la oportunidad de ser útil y valorado. Cuando esas necesidades quedan invisibles o negadas, el sufrimiento se acumula y a menudo se expresa de formas destructivas (para uno mismo y para los demás).

Y lo peor: el sistema que debería «corregir» o «ayudar» muchas veces empeora las cosas. En lugar de escuchar y cubrir esas necesidades básicas, impone castigos que generan más desconexión, resentimiento y barreras para la reinserción. Cuando alguien sale de prisión, las puertas no se abren de verdad: el estigma, la falta de apoyo y las dificultades cotidianas hacen que todo sea aún más complicado.

El libro no da soluciones mágicas al sistema, pero sí nos invita a mirar con otros ojos: a reconocer que la violencia (la que llamamos «delictiva») es, en gran parte, el grito de necesidades ignoradas. Y que la auténtica transformación empieza por escuchar –primero a uno mismo, luego al otro– sin juicios rápidos. Me ha removido ver cómo estos ejemplos extremos reflejan, en versión amplificada, lo que nos pasa a todos cuando no nos sentimos atendidos en lo esencial.

Un pacto que me inspira: la promesa de la pareja del autor

Una de las anécdotas que más me ha gustado del libro es la promesa que Thomas d’Ansembourg y su esposa se hicieron al casarse: se comprometieron a dejar de ser “amables” por defecto y elegir siempre la autenticidad, aunque incomode en el momento. En su relación cotidiana, cuando uno duda de que el otro esté actuando desde el corazón (en vez de por complacer o evitar conflicto), se preguntan directamente: “¿Estás siendo amable o auténtico?”.

Esa pregunta simple, sin juicio, abre la puerta a la verdad: permite expresar lo que realmente se siente, decir “no” cuando hace falta, o celebrar un “sí” que viene de verdad. Me parece un ejemplo precioso de cómo la CNV puede vivirse en pareja: no para ganar discusiones, sino para nutrir la conexión real y evitar que la amabilidad acumule resentimiento silencioso.

Por qué lo recomiendo (y por qué lo releo)

Al final, este libro me ha ayudado a ver que ser auténtica no es ser egoísta ni dura: es ser honesta conmigo y con los demás, y eso hace que las relaciones sean más reales y menos agotadoras.

Me encanta el pacto que tiene el autor con su esposa: prometerse no ser amables por obligación y preguntarse directamente “¿estás siendo amable o auténtico?” cuando algo huele a forzado. Me hace pensar en mis propias relaciones, sobre todo cuando noto que alguien hace algo por mí “porque toca” y no porque le nazca. Duele, y al revés también: cuando yo me fuerzo, termino resentida.

Si estás en un momento en que la “amabilidad” te está dejando cansada, resentida o sola, aunque sea en relaciones cercanas, este libro puede removerte lo justo para abrir algo nuevo.

¿Y tú? ¿En qué momentos te has dado cuenta de que ser “demasiado amable” te estaba costando caro? ¿O has sentido esa amabilidad “forzada” desde el otro lado?

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